TEATRO: Reseña de “TRAICIÓN”
—¿Pensás en mí alguna vez?
—No necesito pensar en vos.
En Traición, Harold Pinter construye una historia de amor desde el final hacia el principio. Escrita en 1978, la obra comienza cuando el amor que alguna vez unió a sus personajes ya está roto y escena tras escena, retrocede para mostrarnos cómo llegaron hasta ahí. La puesta argentina dirigida por Héctor Levy-Daniel nos obliga a mirar una relación sabiendo de antemano que está destinada a terminar.
Quizás por eso la pregunta de Emma, esposa y amante, resulta tan incómoda. No pregunta si él la ama, pregunta si piensa en ella. Jerry, su amante y mejor amigo de su esposo, responde que no necesita hacerlo. La respuesta parece definitiva, casi cruel, pero condensa buena parte de lo que ocurre durante la obra, personajes que buscan en los otros una permanencia que ellos mismos no consiguen sostener.
Emma mantiene durante siete años una relación con Jerry mientras continúa casada con Robert. La infidelidad, sin embargo, no funciona como una frontera moral sencilla, Emma engaña a su marido, pero espera fidelidad de su amante. La traición puede trasladarse de un vínculo a otro, pero parece existir un límite que los personajes no aceptan que sea atravesado.
El departamento que Emma y Jerry comparten durante esos años representa esa contradicción. Está destinado a convertirse en su hogar, pero nunca termina de serlo. Hay una cama, objetos, vino, encuentros, un mantel traído de Venecia, pero no hay verdadera convivencia. Cada uno vuelve después a su propia vida, a su propia casa, a su propia familia. Es un hogar vacío, un espacio construido para una relación que nunca consigue ocuparlo completamente.
El matrimonio de Emma tampoco es un refugio, incluso aparece una mención de una agresión física de Robert como una concepción del poder sobre ella. La violencia queda ahí, incómoda, como parte de un entramado de relaciones atravesadas por el engaño, el poder y la desigualdad. Sin embargo, Traición no permite dividir fácilmente a los personajes entre víctimas y victimarios, todos parecen estar traicionando algo, una pareja, una promesa, una expectativa o incluso la idea que tienen de sí mismos.
La puesta encuentra una particularidad interesante en la relación entre los actores y el espacio. Los personajes no desaparecen completamente cuando abandonan la escena, a un costado permanecen tres sillas donde esperan y se preparan para volver. Emma, por ejemplo, modifica su peinado, se pinta los labios o se quita un pañuelo sin esconderse detrás del escenario. Son pequeñas operaciones que suceden frente al espectador y vuelven visible aquello que el teatro suele ocultar, la construcción del personaje. Esa presencia lateral resulta especialmente atractiva en una obra cuyos personajes tampoco consiguen desprenderse completamente de sus vínculos anteriores.
Quizás la mayor particularidad de Traición esté justamente en obligarnos a mirar una historia que ya conocemos desde su desenlace. Al avanzar hacia atrás, cada encuentro modifica el sentido del anterior y aquello que parecía una historia de amor se convierte también en una historia sobre la imposibilidad de sostenerla. Los personajes intentan volver al momento en que todo todavía era posible, pero nosotros sabemos que ese momento ya pasó.
El título Traición parece señalar a primera vista la infidelidad, pero después de recorrer la historia de Emma, Jerry y Robert, la palabra se vuelve más amplia. Traicionar no es solamente engañar a alguien, también es sostener durante años una relación que ya no existe y permanecer en una casa que dejó de ser hogar. Quizás por eso, cuando Emma pregunta si Jerry piensa alguna vez en ella y él responde que no necesita hacerlo, la frase pesa más que cualquier declaración de amor, porque en esta historia nadie parece poder quedarse, ni siquiera en el recuerdo.
ÍTACA, COMPLEJO TEATRAL
Humahuaca 4027
Almagro – CABA
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