TEATRO: Reseña de “TITANIC, El musical”
Por David Ibarra
El sábado 16 de mayo de 2026, en el Teatro del Globo (Marcelo T. de Alvear 1155, CABA), se
presentó Titanic, el musical, una producción de gran escala que apuesta por el lenguaje del
teatro musical para narrar —desde una mirada humana— la epopeya del transatlántico más
famoso de la historia. Con 30 artistas en escena, la propuesta confirma algo que sigue siendo
valioso en la cartelera local: la decisión de hacer musical “en grande”, con ambición estética y
vocación popular.
La obra organiza su relato entre los astilleros de Belfast y las aguas del Atlántico Norte,
articulando historias cruzadas que funcionan como motor dramático: Violet Jessen, una joven
camarera en busca de libertad; Arthur Blackwood, un magnate movido por la venganza; y
Henry Caldwell, un idealista que encarna la esperanza. Desde allí, el espectáculo trabaja el
contraste entre lo íntimo y lo coral, explorando tensiones reconocibles —ambición,
compasión, amor, destino— sin perder la dimensión épica que exige el material.
La dirección de Noelia Gaspar Gandosi y Rodrigo Sebastián Sarti sostiene el pulso narrativo y
organiza con claridad un dispositivo escénico complejo. Se trata de un espectáculo que
necesita administrar entradas y salidas, climas y transiciones, y aquí esa maquinaria se percibe
aceitada: los grandes cuadros corales se integran a los momentos más íntimos con una lógica
que prioriza el ritmo y la progresión dramática.
En ese marco, las coreografías —también a cargo de Gandosi— destacan por su energía y
precisión, aportando movimiento y relieve al relato. En un musical de estas características, la
danza no es adorno: es parte del lenguaje, y aquí funciona como construcción de atmósfera y
como impulso de acción. A la vez, la escenografía de Vanesa Abramovich se vuelve un eje
fundamental para sostener el universo del espectáculo, ofreciendo un marco visual que
acompaña el tránsito entre espacios y estados, y que ayuda a instalar la escala del relato.
La música original de Pablo Flores Torres contribuye a esa identidad: acompaña, subraya y
construye clima, sosteniendo el tono épico sin desatender la emoción. El resultado es un
espectáculo que busca conmover desde la suma de sus capas: canción, movimiento, imagen y
actuación como un mismo sistema.
Dentro del amplio elenco, se destacan Melina Pilar Alejo, José Antonio Vallejos, Patricio
Müller, además de la presencia escénica de sus creadores y directores, Noelia Gaspar Gandosi
y Rodrigo Sebastián Sarti. Aun así, el mayor mérito es el rendimiento colectivo: en una obra
coral, el conjunto es el verdadero protagonista, y aquí se percibe un trabajo de ensamble
sostenido y consistente.
Titanic, el musical deja, además, una emoción particular: la de comprobar que en Argentina se
pueden montar espectáculos de este calibre, con riesgo artístico y vocación de público. Es una
propuesta especialmente recomendable para seguidores del teatro musical, pero también
para quienes disfrutan de los relatos épicos atravesados por lo humano, donde —incluso en
medio del desastre— el escenario insiste en recordar que el amor y la compasión todavía
tienen lugar.