Ari Aster en Buenos Aires: el horror, la familia y sentirse un dinosaurio
Ari Aster pasó por Buenos Aires y durante más de una hora habló de su cine, sus obsesiones y el futuro; el suyo y el de una industria que, claro, lo hace reflexionar. El encuentro tuvo lugar en Arthaus, ese espacio laberíntico y con personalidad propia que nunca defrauda como escenario (ver nota con su director Andrés Buhar). Lo organizaron la revista Caligari y la American Cinematheque de Los Ángeles. Más de 200 personas se reunieron en la terraza del edificio para escuchar a Aster, moderado por la directora argentina Laura Casabé (La Virgen de la Tosquera). En sala había algo que pocas veces se siente en este tipo de eventos: atención real.
Habló de sus películas, de cómo escribe, de sus influencias. Y también confesó que tiene tres proyectos que quiere filmar antes de volver a un guion que tiene guardado hace años: la precuela de Hereditary. El público estalló cuando surgió el tema.
“La escribí hace un par de años. Es muy oscura y también muy cara, así que la dejé de lado. Hay otras tres películas que quiero hacer antes de volver a ese guion.”
Se mostró relajado, divertido y hasta algo desconcertado por cómo la gente recibe sus películas. Lleva años insistiendo en que muchas de ellas son comedias, porque él se divierte mucho mientras escribe. Y esa tarde no solo vi al Aster que todos conocen; también vi —o imaginé— al Aster más joven, el de los cortometrajes que todavía me erizan la piel y me hacen reír al mismo tiempo, y donde ya uno entiende todo: The Strange Thing About the Johnsons, Munchausen, C’est La Vie y The Turtle’s Head. No creo que Aster olvide su esencia. Es parte de esa generación de directores que renovó el horror desde adentro —él, Robert Eggers, Jordan Peele, Nicolas Pesce, Jennifer Kent— ese “elevated horror” del que tanto se habla y que, cuando funciona, no se parece a nada.
Habló de sus influencias —Scorsese, los Coen, Hitchcock, Buñuel— y de su admiración por Lucrecia Martel y Lisandro Alonso. Y se declaró fan de Borges, no de manera protocolar sino con genuino entusiasmo: dijo que la obra del escritor argentino influyó directamente en sus películas, especialmente en esa estructura narrativa tipo laberinto y en la forma en que construye universos. Tiene sentido. Mucho sentido.
También habló del Cine Gaumont, donde presentó películas en el marco de la Bleak Week: Cinema of Despair: la edición local organizada por Caligari en la que mostró Eddington, Midsommar y Hereditary, y charló con el público al final de cada función.
Pero quizás el momento más interesante llegó cuando habló del presente del cine. Aster definió como “apasionante” lo que están haciendo directores como Kane Parsons con Backrooms y Curry Barker con Obsesión: proyectos que nacieron completamente afuera de los circuitos tradicionales, y con bajo presupuesto. “Estas dos películas dieron vuelta todo. Sus directores hicieron todo por su cuenta, subían sus películas a internet y encontraban allí a su propia audiencia. Ahora Hollywood está viendo cómo sacar provecho de eso. Yo tengo 39 años y, en todo este contexto nuevo, me siento como un dinosaurio.”
Me quedé con ganas de preguntar, pero el micrófono no fue para prensa; fue para la gente, los influencers y fans deseosos de poder hablar con su ídolo.
A lo largo de la charla, Aster volvió una y otra vez sobre los vínculos familiares. Ese territorio incómodo, complejo y fascinante que atraviesa toda su filmografía. Porque en sus películas el horror rara vez viene de afuera. El verdadero monstruo suele estar sentado a la mesa familiar.
Foto: Valeria Massimino