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    TEATRO: Reseña de “LA FUNCIÓN QUE SALE MAL”

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    By Matias Vitali
    octubre 19, 2026 3 Min Read

    De un pequeño teatro londinense a los escenarios de más de cincuenta países, la comedia de Mischief Theatre convirtió el desastre escénico en un fenómeno mundial. La versión argentina alcanza las 400 funciones y confirma la vigencia de una propuesta en la que nada sale como estaba previsto.

    Estrenada en Londres en 2012, The Play That Goes Wrong, de Henry Lewis, Jonathan Sayer y Henry Shields, encontró una fórmula tan sencilla como efectiva: una compañía de aficionados intenta representar un policial clásico mientras todo lo que puede fallar, falla. Escenografía, utilería, entradas, salidas y actuaciones conspiran contra la función, pero los intérpretes insisten en continuarla como si nada ocurriera.

    El fenómeno trascendió rápidamente las fronteras británicas. Llegó al West End, a Broadway y a escenarios de todo el mundo, cosechando premios y convirtiéndose en un referente de la comedia física contemporánea.

    El secreto de La función que sale mal está en una paradoja: para hacer que todo parezca mal hecho, hay que hacerlo extraordinariamente bien. Detrás del aparente caos hay una precisión rigurosa, una gimnasia interpretativa que exige coordinación, destreza física, dominio del espacio y un manejo exacto de los tiempos cómicos. La comedia transforma los errores en una partitura de enorme exigencia, donde cada accidente debe ocurrir en el momento justo para producir su efecto.

    En Argentina, la obra tuvo una primera versión en 2016, titulada Como el culo, que convocó a miles de espectadores. En 2017, Revista Meta ya había reseñado su recorrido en Broadway, destacando la precisión, el virtuosismo físico y el trabajo escenográfico que sostienen esta particular forma del desastre.

    La actual puesta, dirigida por Manuel González Gil, confirma la vitalidad del material y encuentra en el trabajo colectivo uno de sus puntos fuertes. El elenco sostiene el ritmo con una notable coordinación y una química que permite que las situaciones se encadenen con fluidez. Todo el elenco brilla en los momentos donde debe hacerlo y hace un notable trabajo al amalgamarse como un todo. Se aprecia un profundo trabajo en equipo.

    Uno de los grandes aciertos de esta puesta está en la relación de los intérpretes con el espacio escénico. La escenografía, diseñada por Lula Rojo y realizada por Helio Barattero, no es un mero fondo: se convierte en un personaje más, una maquinaria que participa del derrumbe y lo va contando. Se percibe el trabajo minucioso que hay detrás de cada movimiento y, sobre todo, la confianza con la que los actores manipulan la utilería y las estructuras. Eso no se ve, y se manejan de manera muy natural pero seguramente haya requerido de un exhaustivo trabajo de ensayo. Esa destreza no solo sostiene los gags: vuelve creíble el desastre y permite que el público disfrute de una catástrofe escénica construida con una precisión extraordinaria.

    Hay, además, una lectura posible desde nuestra propia experiencia. Aunque la obra no nació en Argentina, ese empeño de seguir adelante mientras todo se desmorona puede resonar de una manera muy particular entre nosotros. En medio de una catástrofe que parece no tener solución, siempre hay alguien intentando sostener lo que queda y hacer que la función continúe. La comedia abre así una puerta inesperada hacia una metáfora de nuestra realidad económica, política y social: incluso cuando el derrumbe parece inevitable, seguimos buscando la manera de salir adelante.

    La función que sale mal demuestra que el caos también puede ser una forma de virtuosismo. Su aparente imperfección requiere un trabajo colectivo de enorme precisión, confianza y entrenamiento. El público se ríe del desastre, pero lo que sostiene esa risa es justamente lo contrario: el control absoluto de quienes saben cómo hacerlo posible. Muy recomendable

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    Matias Vitali

    Actor, director y dramaturgo en Jauría Teatro.

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