TEATRO: Reseña de “Quién sea llega tarde”
Hay obras que encuentran su potencia en aquello que cuentan y otras que la encuentran en cómo lo cuentan. Quién sea llega tarde logra ambas cosas. La pieza propone una reflexión existencialista sobre el trabajo, el sentido y las estructuras que organizan nuestra vida cotidiana, pero lo hace a través de una forma escénica tan imaginativa como precisa, convirtiendo sus ideas en experiencia teatral.
La historia sigue a dos mujeres atrapadas en un trabajo tan absurdo como inútil. Nunca termina de quedar claro para quién trabajan ni cuál es el propósito real de sus tareas, y es precisamente en esa indefinición donde la obra encuentra uno de sus principales aciertos.
Lo que comienza como una situación aparentemente simple se transforma rápidamente en una alegoría sobre los mecanismos del sistema contemporáneo, sobre la obediencia, la productividad y la necesidad humana de encontrar sentido incluso allí donde parece no haberlo.
A medida que avanzan las escenas, las protagonistas enfrentan distintas vicisitudes y precariedades laborales, quedando presas (metafórica y literalmente) de una maquinaria que las excede. El texto está atravesado por símbolos, metáforas e imágenes que dialogan con las incertidumbres de nuestro tiempo y que invitan a preguntarse por qué trabajamos, para quién lo hacemos y cuánto de nuestras vidas entregamos a estructuras cuyo sentido muchas veces desconocemos.
Sin embargo, la obra evita cualquier solemnidad. El humor aparece de manera constante y eficaz, emergiendo del vínculo entre las protagonistas, de sus intentos por orientarse dentro de un laberinto de normas incomprensibles y de las explicaciones que construyen para justificar aquello que ni ellas mismas terminan de entender.
Uno de los aspectos más destacables es, sin dudas, la puesta en escena a cargo de Paco de la Zaranda. A partir de un único elemento de fuerte carga simbólica ligado al universo laboral (un fichero), la propuesta despliega una sorprendente cantidad de situaciones, espacios e imágenes. La escenografía y la utilería no funcionan aquí como mero acompañamiento, sino como extensiones del universo mental de los personajes. La imaginación es uno de los grandes temas de la obra, y la puesta parece comprenderlo perfectamente: todo el tiempo dialoga con ese estado de suposición permanente en el que habitan las protagonistas, potenciando el carácter poético y absurdo del relato.
La estética general también merece una mención especial. La cuidada paleta de colores, con resonancias apocalípticas, construye una atmósfera particular que atraviesa cada detalle de la propuesta visual. Nada parece estar librado al azar.
Las dos actrices, Paula Ransenberg y Nayla Pose, sostienen con enorme solvencia un material exigente. Cada una encuentra con claridad su propio juego y, al mismo tiempo, ambas construyen un código compartido que da identidad al espectáculo. Entre ellas se genera una dinámica capaz de conmover, desesperar y hacer reír con igual eficacia, transitando los distintos registros del texto con precisión y potencia.
Por momentos, la obra evoca ciertas zonas del universo beckettiano. Algunas situaciones y preguntas recuerdan inevitablemente a Esperando a Godot, especialmente en esa espera interminable de una revelación que nunca llega y en la búsqueda obstinada de sentido frente a un mundo que parece negarlo.
Como remate, el material reserva un cierre de fuerte impronta metateatral que vuelve a poner todo en discusión. Lejos de ofrecer respuestas, el final profundiza las preguntas y obliga a revisar retrospectivamente todo lo que se ha visto. Ese último recurso termina de consolidar la propuesta y de expandir aún más la crisis existencial que la obra viene construyendo desde el comienzo.
Quién sea llega tarde es una obra necesaria.
Un espectáculo inteligente, imaginativo y profundamente teatral que, a través del humor, el absurdo y la poesía escénica, invita a volver a pensar el mundo que hemos construido y el lugar que ocupamos dentro de él.